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Después del Silencio

Cómo Xalapa respondió a una crisis de salud mental

Por Ángel Hernández

Las primeras muestras espontáneas de solidaridad comenzaron a aparecer en el Puente Xallitic a finales de agosto de 2025, tras una serie de acontecimientos que colocaron la salud mental en el centro de la conversación pública en Xalapa

Durante varias semanas de 2025, distintas escenas comenzaron a repetirse en uno de los espacios más transitados de Xalapa. Primero aparecieron flores. Después, veladoras, fotografías, cartulinas de colores con mensajes escritos a mano. Días más tarde, niñas y niños colocaron carteles con frases de esperanza elaboradas junto con sus familias. Una comunidad religiosa organizó una jornada de oración. Especialistas comenzaron a hablar públicamente sobre salud mental y el Ayuntamiento anunció medidas para reforzar la prevención.

Cada uno de esos acontecimientos fue noticia por separado. Este reportaje reconstruye cómo todos terminaron formando parte de un mismo proceso.

La revisión de la cobertura realizada por El Indicador de Veracruz entre agosto y septiembre de 2025, complementada con entrevistas propias, documentos oficiales e información pública, identificó una constante: Las expresiones ciudadanas, la participación de instituciones educativas, las explicaciones de especialistas y las acciones emprendidas por las autoridades municipales no ocurrieron de manera aislada. Respondían a una misma preocupación que colocó la salud mental en el centro del debate público en Xalapa.

El punto de quiebre ocurrió en un lapso de diez días.

El 29 de agosto se registró la muerte de un joven en el Puente Xallitic. El 6 de septiembre, un adolescente de 17 años falleció tras arrojarse desde el mismo punto. La secuencia encendió las alarmas y aceleró la respuesta social e institucional.

La imagen registra uno de los hechos que marcaron a la ciudad. Más que un lugar, el puente terminó convirtiéndose en el símbolo de una conversación que durante años permaneció en silencio.

A partir de entonces, el viaducto colonial comenzó a llenarse de flores, veladoras, mensajes de apoyo y números telefónicos de atención psicológica. El 10 de septiembre, en el marco del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, el puente se convirtió en un espacio para colocar frases de acompañamiento y difundir líneas de ayuda. Un día después, Protección Civil y Seguridad Pública confirmaron un nuevo intento que pudo ser evitado.

La preocupación también llegó a las instituciones. El Ayuntamiento de Xalapa anunció que analizaba medidas como reforzar la vigilancia permanente, instalar mallas de protección y realizar gestiones ante el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), debido al valor patrimonial del Puente Xallitic. Días después, con la participación del DIF Municipal, la Dirección de Salud y el Centro de Integración Juvenil, instalaron un módulo de prevención permanente en el lugar.

A partir de entonces, el viaducto colonial comenzó a llenarse de flores, veladoras, mensajes de apoyo y números telefónicos de atención psicológica…

Pero, la historia comenzó mucho antes de que las flores aparecieran sobre el puente. Mucho antes de las veladoras y de las cartulinas.

Comenzó dentro de una familia.

Irene Zamudio decidió compartir públicamente la historia de su hijo, Luis Mario Rivas Zamudio, con la convicción de que hablar sobre la depresión y la importancia de buscar ayuda profesional puede contribuir a prevenir nuevas tragedias.

Ocho meses después del fallecimiento de su hijo, Irene Zamudio decidió compartir públicamente la historia de Luis Mario Rivas Zamudio. No buscaba explicar una tragedia ni encontrar respuestas donde quizá nunca las habría. Su convicción era otra: hablar de la experiencia de su familia podía ayudar a otras personas a reconocer señales de alerta y buscar ayuda profesional antes de que fuera tarde.

Irene recordó a Luis Mario mucho antes de que su nombre apareciera en las notas rojas. Lo describió como un joven con proyectos y con una familia que intentó acompañarlo durante un proceso marcado por la depresión. Recordó las consultas médicas, los momentos en que parecía recuperarse y otros en los que el sufrimiento volvía a imponerse.

También habló de uno de los episodios que más marcó a la familia: después de acudir a consultas psiquiátricas y presentar un justificante médico, Luis Mario perdió su empleo.

Para Irene, aquella experiencia reflejó una realidad que todavía enfrentan muchas personas que viven con un problema de salud mental: el estigma que persiste incluso cuando alguien decide buscar ayuda profesional.

Las primeras reacciones no provinieron de las instituciones. Fueron los propios ciudadanos quienes comenzaron a intervenir el espacio.

Sobre el Puente Xallitic aparecieron flores blancas y fotografías. En cartulinas, en su mayoría amarillas, se leían números telefónicos de atención psicológica de emergencia, colocados ahí con la urgencia de que cualquier persona en crisis encontrara una alternativa antes de tomar una decisión irreversible.

Los mensajes viejos eran reemplazados por nuevos; las flores se renovaban conforme se marchitaban y las veladoras volvían a encenderse cada noche. Quienes transitaban diariamente por la zona encontraban un espacio distinto al que habían conocido durante años. La conversación se volcó hacia la prevención.

Mensajes de aliento comenzaron a extenderse más allá del puente. Algunas expresiones ciudadanas ocuparon incluso las escalinatas cercanas como una forma de recordar que siempre existe alguien dispuesto a escuchar.

En ese contexto, el Jardín de Niños Xallitic decidió sacar de las aulas un proyecto que desarrollaba desde el inicio del ciclo escolar: la educación emocional.

Alumnas, alumnos y familias del Jardín de Niños Xallitic participaron con mensajes elaborados como parte de un proyecto de
educación emocional desarrollado por el plantel
.
Los mensajes fueron leídos por decenas de personas que diariamente transitaban por el puente, convirtiendo el espacio en un punto de reflexión sobre la salud mental.

La directora del plantel, Yadira Maribel Alfaro, explicó que el objetivo era enseñar a los niños a reconocer sus emociones, expresar lo que sienten e identificar cuándo una situación comienza a rebasarlos. La cercanía geográfica de la escuela con el puente, donde personal docente y padres de familia habían sido testigos de los hechos, los empujó a participar.

Junto con sus hijos, los padres elaboraron dibujos, corazones y mensajes con colores que invitaban a pedir ayuda y recordar que siempre existe alguien dispuesto a escuchar.

«Estamos tratando de cultivar esa semillita desde muy temprana edad para que puedan identificar cuando una emoción los está sobrepasando», explicó durante la entrevista concedida a El Indicador de Veracruz.

La iniciativa llamó la atención de quienes caminaban por el puente, no porque buscara ocultar el dolor que dio origen a aquellas manifestaciones, sino porque incorporó un elemento que hasta entonces había permanecido fuera de la discusión pública: la importancia de hablar de las emociones desde la infancia.

La noche del 13 de septiembre, jóvenes de la Pastoral Juvenil de la Arquidiócesis de Xalapa convocaron a una jornada de oración en el lugar.

La Pastoral Juvenil de la Arquidiócesis de Xalapa convocó a una jornada de oración por las personas fallecidas y sus familias.

Al llegar la noche, decenas de personas se reunieron alrededor del Santísimo Sacramento. Sobre el piso colocaron flores blancas, veladoras y fotografías de las y los jóvenes fallecidos. El ambiente, acompañado por el sonido del agua que corre bajo el puente y por los cantos religiosos, contrastaba con el bullicio cotidiano del centro.

Durante la jornada de oración se colocó un altar con fotografías, flores y veladoras en memoria de los jóvenes fallecidos.

No hubo consignas ni exigencias dirigidas a las autoridades. Las imágenes documentadas esa noche mostraban un puente iluminado por el fuego de las veladoras, rodeado de familias, jóvenes y ciudadanos que permanecieron en silencio.

Hubo algunas lágrimas.

Mientras el espacio público se transformaba, en el ámbito técnico los especialistas apuntaban a un factor que pocas veces forma parte de la cobertura informativa tradicional.

La psicóloga Verónica Ramírez considera que centrar la discusión únicamente en el lugar donde ocurren los hechos conduce a una interpretación incompleta. El suicidio, explicó, es un fenómeno multifactorial en el que intervienen factores psicológicos, biológicos, familiares y culturales.

«Cuando una persona atraviesa una depresión profunda no solamente cambia la manera en que se siente; también cambia la forma en que interpreta la realidad», advirtió.

Desde la psicología, ese proceso se conoce como alteración cognitiva. La desesperanza ocupa el lugar de la expectativa; los problemas parecen permanentes, las soluciones desaparecen y el futuro se percibe como un camino cerrado.

Por eso, señala Verónica Ramírez, frases como «échale ganas» o «todo va a pasar» resultan inútiles y hasta contraproducentes. No es falta de voluntad; es una condición que requiere atención profesional, acompañamiento y redes de apoyo.

La especialista alertó también sobre el efecto Werther o contagio social: cuando un mismo lugar comienza a asociarse de manera reiterada con el suicidio, personas en situación de vulnerabilidad pueden atribuirle un significado simbólico. De ahí, la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), para que el periodismo evite el sensacionalismo, limite los detalles sobre el método y privilegie la información de ayuda.

La discusión sobre las mallas de protección y el reforzamiento de la vigilancia generó opiniones sobre la infraestructura. Si bien los especialistas coinciden en que las barreras físicas son útiles para frenar el impulso inmediato, advirtieron que ninguna intervención urbana será suficiente si no va acompañada de estrategias permanentes de salud mental comunitaria.

Como parte de las acciones institucionales, fueron difundidas líneas telefónicas de atención e intervención en crisis psicológicas.

Fue en este punto donde emergió la discrepancia entre las cifras oficiales y los recuentos periodísticos.

Mientras el Ayuntamiento de Xalapa informó que durante 2025 se habían registrado 12 suicidios en el municipio, los medios de comunicación documentaron un número mayor de casos e intentos.

Esta diferencia no implica una contradicción, sino una brecha metodológica. Las instituciones consideran únicamente los casos confirmados y cerrados legalmente por las autoridades competentes; los reporteros registran los hechos conforme ocurren en el día a día. Más allá de la disparidad, la revisión de ambas fuentes demuestra la urgencia de contar con registros públicos, homogéneos y actualizados.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), durante 2024 se registraron 8 mil 837 suicidios en México, lo que representó una tasa de 6.6 por cada 100 mil habitantes. Ocho de cada diez correspondieron a hombres y la mayor incidencia se concentró entre adolescentes y adultos jóvenes. En Veracruz, la tendencia replica este incremento.

Pero las cifras, por sí solas, no explican el dolor. Detrás de cada dígito, hay una familia rota.

Las expresiones de solidaridad continuaron durante varias semanas, impulsadas por ciudadanos que buscaban honrar la memoria de las víctimas y promover el acompañamiento emocional.

Por primera vez en años, ciudadanos, escuelas, organizaciones religiosas, profesionales de la salud y autoridades municipales respondieron, desde ámbitos distintos, a una misma crisis.

No hubo una estrategia coordinada. Cada iniciativa surgió de manera independiente, pero al reconstruir la cronología es posible ver el encadenamiento: primero las muestras espontáneas de solidaridad; luego la intervención educativa de los niños; más tarde la fe, el análisis clínico y la respuesta institucional.

La conversación sobre salud mental en Xalapa abandonó el confinamiento del ámbito privado. Las familias que antes enfrentaban sus procesos en la sombra vieron cómo la sociedad civil comenzó a intervenir el espacio público para ofrecer acompañamiento.

Para Irene Zamudio, significó transformar el duelo por Luis Mario en una oportunidad de romper el silencio. Para el Jardín de Niños Xallitic, fue extender el reconocimiento de las emociones fuera del aula. Para la Pastoral Juvenil, representó una forma de acompañar desde la fe a quienes enfrentaban una pérdida o una crisis emocional. Para los especialistas, la confirmación de que la prevención empieza mucho antes de una situación límite. Y para las autoridades, el desafío de diseñar estrategias que atiendan esta problemática en varias perspectivas.

El Puente Xallitic recuperó su rutina cotidiana, pero las acciones surgidas durante aquellas semanas dejaron instalada una conversación pública sobre la importancia de la salud mental en Xalapa.

Las acciones de esas semanas no resolvieron un problema de salud pública complejo y estructural, pero evidenciaron un cambio de fondo. Lo que se vivió en el Puente Xallitic fue la manera en que una ciudad comenzó a actuar frente a una realidad que durante demasiado tiempo permaneció invisibilizada. El desafío sigue abierto, pero el silencio se ha roto.