Xallitic: cuando el dolor encuentra un símbolo

Psicóloga Verónica Raher

Hay lugares que nacen para unir caminos.

El puente de Xallitic fue concebido para conectar dos extremos de la ciudad, ofrecer una vista privilegiada y recordar parte de la historia de Xalapa. Sin embargo, para muchas personas ha comenzado a representar algo distinto: el reflejo de una conversación que, como sociedad, seguimos posponiendo.

Cada vez que ocurre un suicidio, la ciudad se detiene por unos días. Surgen las noticias, las publicaciones en redes sociales, las preguntas sobre qué pudo hacerse diferente y las exigencias de actuar. Después, el silencio vuelve a instalarse. Hasta que la historia parece repetirse.

De acuerdo con información difundida por el Ayuntamiento de Xalapa, durante 2025 se registraron 12 suicidios en el municipio, tres de ellos ocurridos en el puente de Xallitic. Paralelamente, distintos medios de comunicación realizaron recuentos periodísticos que reportan cifras superiores, una diferencia que evidencia la necesidad de contar con estadísticas públicas, homogéneas y transparentes. Lo que permanece fuera de discusión es que el suicidio constituye un problema de salud pública que exige atención prioritaria.

Pero hablar de suicidio exige mirar mucho más allá del lugar donde ocurre.

Desde la psicología sabemos que el suicidio rara vez responde a una única causa. Es el resultado de una interacción compleja entre factores biológicos, psicológicos, familiares, sociales y culturales. Con frecuencia existe un sufrimiento emocional persistente que modifica la forma en que la persona interpreta la realidad.

Aquí entra en juego un concepto fundamental: la cognición.

La cognición es la manera en que nuestro cerebro procesa la información, interpreta lo que vivimos y construye significado. Cuando alguien atraviesa una depresión profunda, un duelo complicado o una crisis emocional intensa, no solamente cambia cómo se siente; cambia la manera en que piensa.

La desesperanza comienza a ocupar el lugar de la esperanza.

Las soluciones dejan de percibirse como posibles.

Los problemas parecen permanentes.

Y el futuro, que antes ofrecía alternativas, empieza a verse como un camino completamente cerrado.

No es falta de voluntad. No es debilidad. Es una alteración en la forma en que la mente interpreta la realidad.

Aaron Beck, uno de los psicólogos más influyentes en el estudio de la depresión, describió este fenómeno como la tríada cognitiva: una visión profundamente negativa de uno mismo, del mundo y del futuro. Cuando estos tres elementos convergen, el sufrimiento puede sentirse insoportable.

También existe otro fenómeno del que hablamos poco: el poder de los símbolos.

La investigación en prevención del suicidio ha documentado el llamado efecto Werther o contagio social. Cuando un mismo sitio aparece repetidamente asociado a suicidios y la cobertura mediática enfatiza el lugar o el método, algunas personas que ya atraviesan una crisis pueden identificar ese espacio como un referente simbólico. El sitio no provoca el suicidio; lo que ocurre es que la mente, inmersa en la desesperanza, puede atribuirle un significado que antes no tenía. Por ello, la Organización Mundial de la Salud recomienda informar con responsabilidad, evitar el sensacionalismo y fortalecer los mensajes de prevención y búsqueda de ayuda.

Mientras discutimos si colocar barreras, aumentar la vigilancia o instalar cámaras, conviene preguntarnos algo más profundo.

¿Qué está ocurriendo antes de que alguien llegue al puente?

Quizá esa persona lleva meses sintiendo que nadie comprendería su dolor.

Quizá aprendió desde niño que llorar era signo de debilidad.

Quizá vive con ansiedad, depresión o un duelo que jamás recibió atención.

Quizá lleva demasiado tiempo funcionando por fuera mientras se rompe por dentro.

Las cifras nacionales también nos invitan a reflexionar. En México se registraron 8,856 suicidios durante 2024, con una tasa de 6.8 por cada 100 mil habitantes. Ocho de cada diez correspondieron a hombres, y las tasas más altas se concentraron entre personas de 15 a 44 años. En Veracruz, la tasa pasó de 3.0 por cada 100 mil habitantes en 2020 a 5.6 en 2024, de acuerdo con datos del INEGI.

Detrás de cada cifra existe una historia que nunca conoceremos por completo.

Una familia.

Una conversación que no ocurrió.

Una llamada que no se hizo.

Una persona que quizá necesitaba escuchar que todavía existían otras posibilidades.

Las barreras físicas pueden salvar vidas. La vigilancia también. Los módulos de atención psicológica representan un avance importante. Pero ninguna estrategia será suficiente si seguimos creyendo que la salud mental es un asunto individual y no una responsabilidad compartida.

Como psicóloga, estoy convencida de que la prevención comienza mucho antes de una crisis.

Empieza cuando dejamos de minimizar el sufrimiento con frases como «échale ganas».

Cuando aprendemos a preguntar «¿cómo estás?» con verdadera disposición para escuchar la respuesta.

Cuando comprendemos que pedir ayuda no es un signo de fracaso, sino un acto de enorme valentía.

Quizá el verdadero desafío para Xalapa no sea impedir que alguien llegue al puente.

Quizá el verdadero desafío sea construir una ciudad donde cada vez menos personas sientan que ese puente representa la única salida.

Porque ningún puente debería convertirse en un símbolo de despedidas.

Debería seguir siendo, como dicta su esencia, un lugar para encontrarse con la ciudad, con los otros y, sobre todo, con la posibilidad de que incluso en el dolor más profundo siempre puede existir alguien dispuesto a acompañar el camino hacia la esperanza.

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