Manos que tejen fe: el arco floral al Santo Entierro de Cristo en Teocelo

Ángel Hernández

Teocelo, Ver.— Entre aromas de monte, carrizo recién cortado y manos curtidas por los años, en Teocelo se levanta una de las tradiciones más profundas y significativas de la comunidad: el arco floral en honor al Santo Entierro de Cristo, una ofrenda que no solo adorna, sino que narra historias de fe, agradecimiento y trabajo colectivo.

José, uno de los ayudantes en la elaboración del arco, amarra con cuidado el follaje natural extraído del monte, utilizado para cubrir y dar forma a la estructura. No se dice encargado, pero su presencia es indispensable. “Ya llevo como cinco años ayudando. Al principio cuesta, pero ya le agarré el modo”, comparte. Para él, más allá del esfuerzo físico, el trabajo tiene un sentido espiritual: “Uno lo hace por agradecimiento… por la vida, por dejarnos seguir aquí, haciendo los arcos”.

El diseño de este año está a cargo de José Manuel Alcántara Pale, quien participa en esta tradición desde 1983. Con orgullo explica que, al tratarse del Santo Entierro, el arco incluye la urna, la imagen de Cristo y elementos simbólicos que forman cortinas y ornamentos laterales. Todo el material —cuchara, follaje del monte, bejucos y carrizo— se obtiene directamente de la naturaleza; solo lo indispensable, como clavos y rafia, se adquiere en la comunidad.

La estructura mide 18.80 metros de largo y pesa alrededor de tres toneladas, una obra monumental que requiere planeación, resistencia y experiencia. “Dos semanas se va en el diseño, pero de trabajo parejo es una”, detalla José Manuel, mientras supervisa cada amarre.

Esta tradición no se sostiene sola. Alrededor de trece personas trabajan de manera constante, pero la verdadera fuerza del arco está en la comunidad: jóvenes voluntarios, vecinos y hasta niños que se acercan a ayudar, a limpiar o simplemente a animar. “Aunque sea a echar porras”, dice entre risas.

En Teocelo, los arcos no son solo estructuras florales. Son memoria viva. Cada año se elaboran dos: uno en enero, por el Santo Entierro, y otro en agosto, por la Virgen de la Asunción, siempre con diseños distintos, pero con la misma esencia: la unión de un pueblo que honra su fe con trabajo, tradición y corazón.

Porque aquí, cada rama, cada amarre y cada esfuerzo cuentan una historia que se transmite de generación en generación.

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